Manuel Lazaeta Acharán


Don Manuel Lezaeta Acharán nació en Santiago, el 17 de Junio de 1881, en una familia de 15 hermanos.
Cursó sus estudios en Los Padres Franceses de calle Alameda y a pesar de que no fue un alumno destacado, pronto comenzó a revelar un carácter intrépido y aptitudes extraordinarias en diversos ámbitos, como la música, artes manuales, las ciencias, el derecho, etc. A los 18 años ingresó a la Universidad de Chile a estudiar Medicina encontrando allí maestros notables y compañeros que luego fueron médicos de excepción.
Sin embargo su carrera pronto se vio truncada por dos graves enfermedades, que en la época eran de muy difícil cura: la Sífilis y la Gonorrea. Durante años fue tratado por especialistas, hasta llegar al punto de ser diagnosticado sin remedio.

Entonces la Providencia puso en su camino al legendario Padre Tadeo de Wiesent, quien con sus prácticas naturistas y su gran intuición logró devolver al joven la salud. La prodigiosa mejoría no estuvo, sin embargo, exenta de esfuerzos y perseverancia de su parte.

Este hecho marcó para siempre la vida de don Manuel, o mejor, fue la respuesta a su constante inquietud, pues si bien por su entorno familiar y social, su vida era la de un joven burgués, no es menos cierto que él fue siempre un gran buscador de certezas.

Impactado por esta experiencia, se retira de Medicina y decide ingresar a la carrera de Derecho, titulándose de abogado en 1904, con honores. Pero el interés al que dedicó el resto de su vida, fue la Medicina Natural.

De aquí en adelante, comenzó a investigar y estudiar sin descanso, aprendiendo del Padre Tadeo cuanto fue posible, incursionando luego en innumerables fuentes en busca de los fundamentos de las curaciones que veía.

Un camino de curación

Cuanto método quiso conocer a fondo, lo experimentó primero en sí mismo, así como las distintas terapias, que le parecieron beneficiosas para la salud, con un coraje y decisión nunca vistos.

El premio a tan poco frecuente valor fue el logro de una salud envidiable que lo convirtió de enfermo incurable en el mejor ejemplo de los beneficios de una vida en armonía con la naturaleza. Porque este fue el principal mensaje de su doctrina: el hombre es parte integrante de la naturaleza; gracias a ella nace, vive y se desarrolla.

Ya en Hipócrates encontró los principios fundamentales de su sistema en afirmaciones como: “que tu medicina sea tu alimento y tu alimento sea tu medicina”; “no hay enfermedades sino enfermos”; “la Naturaleza es la que cura”.

Sorteando enormes dificultades y la oposición cerrada de los médicos de su época, como también de las otras escuelas de naturismo, el descrédito y acciones legales en su contra por «ejercicio ilegal de la medicina», don Manuel tuvo el valor de demostrar en su propio cuerpo la realidad de sus convicciones, adoptando un sistema de vida coherente con ellas.

Pero lo verdaderamente destacable en él, no es el haber sido un hombre de una inteligencia excepcional, ni los múltiples talentos que lo adornaban, sino la intención de bien que marcó sus actos y lo llevó por una senda plagada de obstáculos.

Su certeza de que la Naturaleza como fuerza vital es la fuente que provee a nuestra existencia desde su principio y de cuantos bienes necesita para desarrollarse y conservar la salud, quiso compartirla con todos los demás hombres y para ello no escatimó esfuerzos.

Dedicó su vida a investigar y a curar enfermos atendiendo gratuitamente a cuantos desposeídos acudían a él en busca de alivio a sus males, empleando en ello recursos propios cuantas veces fue necesario.

Mi Vida Testimonio de Curación

Yo me enteré de su existencia cuando la ciencia médica no pudo ofrecer alivio a la artritis reumatoidea que me mantuvo postrada por años en plena juventud.

Cuando ya no tenía nada que perder, decidí intentar este Sistema absolutamente distinto al que había seguido hasta entonces, el que -al igual que a don Manuel-, me significaba cambiar no sólo de terapia, sino de hábitos de vida.

De esta forma, sin haberlo conocido en persona, hace más de 40 años recibí los frutos de sus desvelos, recuperando por completo la salud.

En septiembre de 1959, con motivo de su fallecimiento, un periodista uruguayo resumió en pocas palabras la personalidad de don Manuel Lezaeta, refiriéndose a él como:

"hombre de ciencia y de conciencia, distinguido y talentoso, cuya obra de bien y de amor a la humanidad no podrá olvidarse jamás".